El sol no termina de salir en la mañana en la que nos encontramos con en Shelter Surf con el zarauztarra, algo no tan fácil debido a su ajetreada agenda. Deja claro que el surf va mucho más allá de la competición y que dista de ser un deporte solitario

Para quienes no estamos tan familiarizados con la competición del surf, ¿en qué punto se encuentra ahora? ¿Qué objetivos tiene esta temporada?

Al contrario de lo que pueda parecer, el circuito profesional no se disputa solo en verano, sino durante todo el año, de enero a diciembre. Esta temporada he tenido alguna actuación bastante buena y, ahora que estamos en el último tercio de la competición, toca apretar un poco más. Quedan tres o cuatro campeonatos importantes y el objetivo siempre es quedar entre los diez primeros para tener acceso a la primera división en la que están los 32 mejores surfistas del mundo. Una segunda parte de mi trabajo consiste en lo audiovisual: aprovechar los viajes para hacer vídeos o programación televisiva.

Nos encontramos en la Shelter Surf Eskola de Zarautz. ¿Qué le lleva a abrir un centro como este, teniendo ya tanta actividad como tiene con su propia vida deportiva?

El objetivo de Shelter Surf es albergar todas las necesidades ligadas al mundo del surf: desde aquellos que lo ven como actividad de ocio hasta esos otros que buscan llegar lo más alto posible si lo que quieren es competir. La misión de Shelter Surf va mucho conmigo, siempre me he sentido muy privilegiado por poder vivir de lo que más me gusta y es una sensación que forma parte de mí mismo y me gusta compartir. Al final, poder ser parte del primer triunfo de alguien o de su primera ola es una sensación que me llena mucho.

También forma parte de la ONG socio-medioambiental Kind Surf. A lo largo del tiempo en que se ha dedicado a ello, ¿de qué maneras ha comprobado que el surf puede servir como herramienta para paliar necesidades de todo tipo?

El surf puede convertirse en un elemento de superación para cualquier persona. Estar en medio del mar y hacer una buena lectura de las olas no es una situación fácil: obliga a tomar decisiones y eso te hace trabajar mucho. Kind Surf se dedica fundamentalmente a niños que están en situaciones de exclusión física, mental o que viven realidades difíciles. El mero hecho de surfear es algo que en muchos casos no tienen la posibilidad ni de plantearse, y es un reto que toman con muchísimas ganas. Ya han pasado cinco años desde su fundación y la experiencia nos ha enseñado que el surf es, para estos niños y niñas, un momento muy especial en el que disfrutan un montón.

¿Cómo han ido evolucionando las sensaciones que tenía en el mar? ¿Cuáles han sido sus mejores y peores momentos? ¿Se ha planteado alguna vez una vida fuera del surf?

Jamás me he planteado dejarlo porque, a pesar de tener experiencias buenas y no tan buenas en el mar, al final no me queda otra que reconocer que estoy enganchado a esto desde que empecé con ello y es una sensación que nunca ha ido a menos. Viajar también forma parte de esos mejores momentos porque nos da la posibilidad tanto de adquirir muchos valores como de conocer todo tipo de países, personas y culturas. Al final, aparte de las olas, los viajes son la mejor escuela que he tenido. Los peores momentos vienen cuando te lesionas. En mi caso, la lesión más grave ocurrió la primera vez que opté a entrar en primera división. Después de un montón de tiempo luchando por conseguirlo, terminé perdiendo un año entero. A todos los deportistas nos ocurren cosas así, pero la verdad es que si me comparo con otros compañeros no he tenido tan mala fortuna.

¿Cuál es el campeonato o el mar que más disfruta?

Sin duda, el de Tehupo’o, en Tahití. La Polinesia Francesa, al estar en medio del Pacífico, recibe mares muy fuertes en nuestra época de verano –allí es invierno-. Es el lugar en el que mejores resultados he conseguido y una ola que me encanta. Si bien cuando competimos lo hacemos contra otros surfistas, en este tipo de mares con olas potentes se puede decir que la competición es más bien contra el mar e incluso contra ti mismo. Encontrarte con esas situaciones es lo que genera tanto respeto.

¿Cree que se están dando pasos correctos hacia la profesionalización del surf? ¿Y qué perspectivas olímpicas tiene?

Parece que ya está decidido que en Japón 2020 el surf sea disciplina olímpica. Sin embargo, el hecho de que un deporte sea olímpico en una edición no garantiza que continúe siéndolo en la siguiente. En cuanto a la profesionalización, parece que nos vamos nivelando. California, Australia o Brasil tienen muchísima tradición y ello las ha convertido en potencias mayores que Europa en materia de surf. Sin embargo, a día de hoy y con toda la información que se comparte, Europa se va acercando a ellas. A nivel estatal también se van dando pasos: cada vez hay más gente que quiere convertirse en entrenador de surf y personas que quieren apoyar la disciplina. En este punto, las federaciones e instituciones deberían meter quinta, así como procurar que la formación la lleven a cabo surfistas, personas con experiencia en circuitos internacionales y que han visto cómo funcionan las cosas. Es necesario hacer un trabajo firme para que las canteras de surfistas sean potentes.

Como con todo lo que cobra auge, se ha hablado más de una vez de la dificultad de la convivencia entre surfistas y bañistas o incluso del riesgo de burbuja en la disciplina. ¿Cómo lo ve?

Está claro que cada vez surfea más gente pero las playas siempre van a tener su límite. Creo que hay sitio para todos, pero eso ha de conseguirse por medio de la ética y la profesionalidad. Si quienes surfean por primera vez, en vez de hacerlo en una clase, lo hacen tomando la tabla por su cuenta y riesgo, se convierten en un peligro para sí mismos y para los demás surfistas y bañistas. Aunque se hable de burbuja en, por ejemplo, las escuelas de surf, si cada una de ellas funcionara de manera profesional y ética, sabiendo dónde puede entrar al agua y demás; todo funcionaría bien. Está claro que hay que regularizar muchos aspectos: hay muchas empresas que ven que el surf está en auge y toman ese camino, pero cuando no se tiene mucha experiencia o no se da importancia a ciertas cosas sí que se puede formar un poco de caos. Todos nosotros hemos empezado en algún momento a surfear, así que, ¿cómo vamos a rechazar a aquellos que quieren iniciarse en este deporte que tanto amamos? Más que evitar que la gente se inicie, hay que hacer las cosas con un poco más de ética.

Se habla siempre de la vida bohemia del surf, pero como profesional, imagino que es necesaria cierta disciplina y rutina porque, al final, no deja de ser competición. ¿Cómo conjuga ambas facetas?

Es un fifty/fifty. Desde pequeño he sido muy competitivo, pero al margen de eso, viajar para buscar olas nuevas también me llena mucho. Dependiendo de la pretemporada y el calendario de pruebas que tenga cada año, al margen de preparar los campeonatos, me gusta llenar los huecos con viajes para ir a surfear por ahí en busca de nuevas olas. El surf no deja de ser un modo de expresar lo que llevas dentro y cuando se hace de esa forma tan espontánea es cuando mejor salen las cosas. Hacer esos viajes y no estar pensando permanentemente en la competición también hace mejorar mucho.

¿Qué ola le queda todavía pendiente?

Hay un montón. Se parece un poco a la gente que va en busca de setas: analiza los sitios y, cuando encuentra uno muy bueno nunca dice dónde está. Prefiero surfearla antes y luego decidir si digo dónde se localiza o no. Es una parte un poco egoísta –en el buen sentido- del surf. Hay muchos surfistas, y conseguir surfear en un sitio solo o con tus amigos es complicado. Cuando encuentras un buen lugar intentas mantener ese secreto para ti y los tuyos: se disfruta más con dos amigos que con otros doscientos. Al final, es bonito tener expectativas sobre posibles olas: dar la vuelta al mundo para buscarlas, hacerte ilusiones con ellas y llegar allí para ver si realmente funcionan o no.