Tras abandonar Múnich como campamento base profesional y personal, Lucía Lacarra pasa mucho más tiempo en la Zumaia que le vio nacer y donde hacemos esta entrevista. Tras haber estado en manos de destacados coreógrafos a tiempo completo, inicia una andadura más independiente en la que poner en práctica lo aprendido en más de un cuarto de siglo de profesión


LacarrawebHan sido 14 años como primera bailarina en el ballet de la ópera de Múnich. De repente, su trayectoria da un giro el pasado año. ¿Qué sucede exactamente para que finalice un camino tan largo con una compañía?

Esta temporada hubo un cambio de dirección, que pasó a estar en manos de un ruso (Igor Zelensky). Tuve entrevistas con él y en principio mi marido (Marlon Dino) y yo le dimos una oportunidad, puesto que quería que continuáramos en la compañía. Después de hablar varias veces nos dimos cuenta de que esto no era posible: no íbamos a estar a gusto porque su filosofía de trabajo no iba en la dirección que nosotros queríamos, y para mí personalmente suponía involucionar. Llevábamos tiempo pensando en cambiar de rumbo y esta ha sido la ocasión ideal, así que dejamos Múnich y ahora estamos como bailarines invitados permanentes en el ballet de Dortmund. Esto implica pasar un par de meses allí para crear un ballet y luego satisfacer una lista de espectáculos a lo largo del año…

Lo que supone que es mucho más autónoma…

Ahora somos completamente autónomos, lo que hace que, después de tantos años como bailarina en una compañía –y he estado con cuatro diferentes-, sea dueña de mi propia agenda. Es muy enriquecedor trabajar en lo que tú decides, con gente que quiere trabajar contigo y elegir los ballets. Me motiva mucho más.

De esas cuatro compañías, ¿de cuáles guarda mejor y peor recuerdo? ¿Qué ha aportado cada una a su trayectoria?

Guardo muy buen recuerdo de todas. La bailarina que soy hoy en día es un resultado del trabajo que he hecho en esas cuatro compañías. Pienso que no es a dónde llegas, sino el camino que recorres, y tengo la suerte de haber transitado por compañías totalmente diferentes. Desde los inicios con Ullate, pasando por Roland Petit en Marsella, para dar después el salto a América, donde no me conocía nadie… Siempre he estado abierta a las experiencias de aprendizaje y a probarme a mí misma, y moverme desde Marsella a San Francisco fue mi modo de salir de una compañía de coreógrafo para interpretar los grandes ballets clásicos, de hacer cosas diferentes. Tenía 22 años y solo había hecho El lago de los cisnes en La Scala como invitada. Tras cinco años en Estados Unidos, y como ya conocía al director del ballet de la ópera de Múnich, tenía muy claro que ese sería mi destino, mi sede, tanto por el teatro como por la historia y su maravilloso repertorio. Ya había descubierto lo que funcionaba bien para mí, y además estaba en el centro de Europa, lo que me permitía viajar con más facilidad.

¿Recuerda algún momento especialmente duro en la carrera o ha pensado alguna vez en dejarla?

No ha habido un solo día en todos los años que llevo viviendo en el que no haya querido bailar. El momento más duro fue el 24 de enero de 2009, cuando tras un salto en escena, me rompí los ligamentos cruzados de la rodilla, al caer era como si no tuviera pierna. La recuperación se estima en unos seis meses, y si bien a otras personas les hacen esperar un par de meses antes de intervenirlas para que el cuerpo absorba el traumatismo, yo a los tres días ya estaba en quirófano, lo cual hizo que el cuerpo reaccionara muy mal. Se me hinchó toda la pierna, pero me lo tomé relativamente bien, mucho mejor de lo que hubiera pensado de haberme planteado esa hipotética situación antes. La recuperación fue dolorosa, así que opté por bloquear de algún modo la danza de mi mente y ponerme metas muy pequeñas: andar sin cojear, andar un poco más rápido, conseguir subir escaleras… Cuando el cirujano me dio el alta me dijo que no estaba seguro de si iba a poder bailar porque la operación había sido difícil, pero al final acabaron todos impresionados de lo rápido que me había recuperado. A los seis meses conseguí bailar durante tres horas, y todo este proceso me ha hecho disfrutar todavía más de cada segundo que estoy en el escenario.

Vemos a veces, y pienso sobre todo en los deportistas, trayectorias erráticas en el momento de la retirada, fruto seguramente de lo intenso de su actividad y de que su vida laboral termina siendo aún muy joven. ¿Usted ha pensado en ese día?

Tengo muy claro todo lo que no quiero hacer, eso lo aprendí muy joven. Por mucho que digan que los bailarines estamos llamados a ello, yo nunca seré coreógrafa. Soy bailarina, me convierto en el instrumento de la creatividad del coreógrafo, pero carezco de ese grado de creatividad. Puedo tener pasión por la danza, el talento para transmitir emociones bailando, pero la creatividad es algo totalmente diferente. Y sé que tampoco trabajaré como profesora de baile. Pero algo que me gusta mucho de mi trabajo es la organización. Llevo más de 20 años bailando para otras compañías y nunca he tenido un manager, así que he tenido que organizarlo todo yo misma. Hay muchos bailarines que lo único de lo que se ocupan es de coger sus zapatillas y bailar, y no saben cómo se organizan las cosas, qué tienen que hacer, cuándo y cómo. Yo me encargo de todo: viajes, contratos, hoteles… Una vez que llego soy la bailarina, pero antes me gusta saber cómo se coordina cada cosa. Por eso quiero trabajar en dirección, hacer posible que la danza siga adelante y que los bailarines estén en el escenario en las mejores condiciones posibles.

¿Cree que la danza, que tanta disciplina y concentración exige, ha encontrado su sitio en el panorama actual, mucho más audiovisual que antaño y caracterizado por las prisas?

Tengo una visión muy abierta de la danza, y soy una de las partidarias de que la danza no se baile exclusivamente sobre un escenario. Uno no puede representar El lago de los cisnes en la plaza de un pueblo, pero eso no quiere decir que la danza no sea para todo el mundo y que esté exclusivamente destinada a un público especializado o a una élite. Debería tratarse de un arte al que todo el mundo tuviera acceso y derecho a opinar. ¿Acaso dejamos de ir a ver películas porque no entendamos de iluminación o de fotografía? Yo he bailado en lugares completamente locos, como playas, en carpas de lugares rurales, hasta en el frontón de Zumaia cuando se inauguró…  Se trata de adaptarse a los contextos. Algunas piezas del coreógrafo Russell Maliphant las represento descalza y con rodilleras, porque tengo que rodar por el suelo. Ahí son tan esenciales las rodilleras como llevar puntas en otros tipos de ballet. Pero yo lo trato todo como danza, disfruto haciéndolo todo, ya que la gratificación de todo ello es la extensión del repertorio que habré hecho durante mi carrera, que es algo que nunca he querido limitar, porque no tiene sentido.

¿Por dónde transcurre la libertad de un bailarín, el límite entre la precisión y la representación?

Personalmente pongo ese límite entre el trabajo en el estudio y la ejecución del espectáculo. En el estudio, soy sumamente exigente y disciplinada, y aunque lleve bailando profesionalmente desde los 15 años, daré todos los días mi clase y seré como una niña de escuela. La tomo como cuando estaba con Víctor Ullate en Madrid o con Menchu Medel en San Sebastián. En el escenario igual: no por el hecho de que ayer tuviera un buen espectáculo quiere decir que deba relajarme al día siguiente. Mi cuerpo es un instrumento que ha de permanecer afinado. Una vez que trabajo a conciencia todos los días, no voy al escenario para demostrar perfección, sino para disfrutar. Se trata de mi vocación y ello me lleva a aprovechar cada segundo, cada movimiento, cada paso, intención y emoción, y eso es lo que hace que la gente disfrute. Ya no hablamos de mí, sino del personaje que estoy interpretando, así que lo razonable es dejarse llevar por completo. Y que pase lo que tenga que pasar, la belleza del directo reside precisamente allí: prefiero que si hago diez pases de un espectáculo me sienta diferente cada día porque eso significa que lo estoy haciendo real y es lo que hace que el público me considere una bailarina emocional. La belleza del arte es trabajar para intentar llegar a una perfección que no existe y dejarse llevar para conseguir esas emociones.

Con tanto movimiento entre compañías, ¿cómo ha sido y cómo es ahora, su relación con Zumaia, su pueblo natal?

Zumaia es y será siempre mi casa. Ya a los tres años quería bailar, pero no fui a una academia hasta que no tuve nueve, y en parte lo agradezco porque eso me dio la posibilidad de tener una infancia muy feliz. No creo que me hubiera hecho demasiado bien meterme desde muy pequeña en la disciplina de una escuela e insertarme en ese engranaje desde tan joven para luego ir subiendo de grado… Me resulta demasiado cerrado y al mismo tiempo demasiado fácil, porque sabes que pasas de la escuela a la compañía. Me parece más difícil mi trayectoria empezando desde aquí, un pueblo de entonces 8.000 habitantes, donde no había una academia… Para acabar además bailando no en una compañía, sino en cuatro. Ahí tienes que tener muchas más ganas y estar dispuesta a todo, también a dejar a tu familia cuando eres una cría, con 13 años. El hecho de haberme ido tan joven de mi casa me ha hecho valorar mucho más a mi familia, que es algo que otros dan por sentado. La familia ha sido siempre en quien he podido confiar, ha sido esa base estable que ha estado ahí me fueran las cosas bien o mal. Desde que me convertí en madre hace dos años, valoro más a la mía. Mi infancia estuvo muy vinculada a mi familia y quiero que mi hija también lo esté, por eso deseo que ella pase tiempo aquí cuando yo haga viajes largos. La niña me ha servido para conectar todavía más con Zumaia.