Dice la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española sobre el bocadillo lo siguiente: “Pieza de pan abierta, o conjunto de dos rebanadas, en cuyo interior se coloca o se unta algún alimento”.

BocadilloTere

Para empezar, o para variar, el Diccionario nos da una información muy sosaina. Vamos, como los bocatas que normalmente comemos; los reconocemos como bocatas, pero en forma y en sustancia son… sosainas. Y con lo de sin fuste, soso o plano, no me refiero al bocata hecho con pan de gasolinera y un chorizo sin valor, no. Un bocata soso puede ser también una propuesta muy de nuestros lares, consistente en arrejuntar entre dos piezas de pan 500 ingredientes. Esos bocatas imposibles, pantagruélicos, locos, fuera de cualquier lógica… y que abundan por doquier en nuestra hostelería. Un bocadillo que raspe, así como el bocata imposible deberían ser penados con la expulsión del Planeta Tierra a quién lo propusiese (por mucho que le ponga mimo). Tarjeta roja, expulsión, y sanción de cinco partidos sin jugar.

Ni tanto, ni tan calvo, dirán los lectores. Cierto. No hay que pasarse. Señalemos los casos de bocatas sosos, cutres…pero centrémonos en destacar aquellas elaboraciones que levantan pasiones, más o menos, ocultas. Daré por supuesto algo que no se da, y es que utilizar un buen pan para un bocadillo es fundamental. Es un principio dogmático que rara vez se cumple…y como el tema da para otra serie de artículos, obviaremos el tema. Así pues, me gustaría llevar al piadoso lector a que piense en los bocadillos húmedos; esos que jamás comieron (salvo honrosas excepciones) ellos mismo, y que no se atrevieron a dárselos a sus hijos en el patio del cole. Un bocata de merluza en salsa, de redondo en salsa, de lengua, de albóndigas, de merluza frita, etc.

Quienes hayáis sonreído por la gochada comentada, no temáis: un bocata de los nombrados es una delicia suprema. Ese cras-cras del crujiente seguido de esa percepción de ataque a la zona húmeda, para acabar dando un tarisco a algo tierno… no tiene precio. O sí. El de que no sean bocatas populares, habituales, en nuestras barras (insisto, quitando honrosas excepciones). Quizás por el pringue, por el poco de decoro de poner “esas cosas en bocata”; pero en definitiva creo que estamos ante los bocatas tapados. Son pura delicia, pura gochada, y también sublimes.

Atrévanse, sin miedo. Que fluya la idea de poner esas carnes, esos pescados, y esas salsas entre pan y pan. ¡Gozad y haced gozar!