DIARIO NOTICIAS DE GIPUZKOAUNC=[10364112]“En el espacio de pared con pared oyes al hijo de tus vecinos llorar, escuchas la enésima discusión de esa pareja que vive a tu lado y te desvelas con la fiesta de inauguración de los que acaban de mudarse al piso de arriba. Quizá es precisamente la ficción de que podemos vivir solos, con absoluta autonomía, la que nos lleva a comprarnos un taladro que usaremos una vez al año o a pedírselo a un amigo que vive a una hora de nuestra casa en lugar de a quien está a tan sólo dos pasos”. Son palabras de Rosa Jiménez, la principal impulsora de la iniciativa La Escalera, un proyecto de sostenimiento de relaciones entre vecinos que despega estas últimas semanas en Madrid y tiene la intención de trasladarse a otras ciudades del Estado. Los creadores de La Escalera notan lo obvio: que algo que antes parecía surgir solo, por puro pragmatismo e incluso por pura educación –conocer a tus vecinos, dejar a tu hijo un momento con uno de ellos, o pedir ese taladro-, ahora necesita un empujón. Los cambios de domicilio, más horas en el trabajo o la proliferación de pisos turísticos son solo algunas de las causas que podemos mencionar para este cambio de paradigma.

Otra es más, llamémosle, “humanística”. Desde que Piotr Kropotkin escribiera El apoyo mutuo en 1902 y determinara que la cooperación es al menos tan importante como la competencia en la evolución de las sociedades, hemos conocido las comunidades de vecinos, los sindicatos, los partidos políticos, las peñas de fútbol… Y también hemos conocido una expansión simpar del consumo, que ha modificado notoriamente ese panorama. ¿Dejamos el niño a nuestros vecinos o contratamos a una canguro? El grupo de investigación que estudia La Escalera se detiene estos días en contraponer el paradigma del consumidor
–fijándose en apps como Glovo, con la que un transportista te entregará cualquier producto en menos de media hora-  y el de La Escalera –que consiste en poner pegatinas en los buzones que dicen cosas como ´te invito a un café’, ‘te subo la compra’, ‘cuido a tu mascota’, ‘presto sillas’, ‘comparto wifi’-, que no exige transacción monetaria. El resentimiento de los salarios da al traste con esa ficción del individuo al que el consumo, dicen, convierte en independiente: volvemos a casa de nuestros padres cuando no tenemos dinero, necesitamos cuidado cuando enfermamos y en general aunque no los llamemos empleos dependemos de una red subterránea de trabajos sin estatus legal de tales y, lo que es peor, que se envuelven en el manto del amor. El intercambio, la segunda mano, algunos tipos de voluntariado, vienen a deshacer un entuerto en el que llevamos metidos unos treinta años. Mientras tanto, puedes asesorarte sobre cómo montar tu propia escalera con los consejos que encontrarás en http://www.proyectolaescalera.org/