DIEGO VASALLO/Músico y pintor

Vasallo detiene unos días la gira de su sexto disco en solitario ‘Baladas para un autorretrato’, que se está saldando con muy buena afluencia de público, en Donostia. Nos descubre también su estudio de pintura, la actividad a la que más se ha dedicado en los últimos años (y la que ocupa más espacio físico) a pesar de ser la más desconocida para el gran público. Entre ocres, negros, blancos y grises, los colores que más utiliza, se desarrolla esta conversación.

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Conocemos su faceta musical, pero menos la pictórica. También hace poesía. ¿Cómo han ido combinándose estos tres aspectos en su vida?

La poesía es una faceta mucho más circunstancial: escribo, pero sin mucha vocación ni continuidad Tengo dos poemarios editados, el último de los cuales edité a la vez que este disco. Tenía escritos por ahí textos que me apetecía publicar y simplemente lo hice, pero no es una actividad a la que me dedique habitualmente. La pintura es todo lo contrario, algo que he hecho siempre. La tuve un poco abandonada en los años más intensos de Duncan Dhu simplemente por falta de tiempo, pero no solo la he compaginado con la música, sino que ya pintaba antes de tocar ningún instrumento. En los últimos 15 años la verdad es que le he dedicado mucho tiempo, y en algunos periodos ha llegado a ser mi actividad cotidiana, mucho más que la música. Ahora sí que intento compaginarlos, pero no es nada sencillo. He hecho varias exposiciones en los últimos doce o catorce años, la última coincidiendo con la salida del disco y del libro, en Madrid. Aquí en Donostia he expuesto tres veces en la Galería Arteko de la calle Iparraguirre. Y mi formación, tanto en pintura como en música, es autodidacta. Nunca he ido a clases, pero no me hubieran venido mal.

Echando la vista atrás, y con la perspectiva que da la experiencia, ¿se ha desarrollado su carrera musical como la visualizaba hace un par de décadas? ¿Cambiaría algo?

Cambiaría muchas cosas, pero yo creo que eso es inevitable. Cambiaría incluso muchos discos. El paso del tiempo es un juez muy implacable, y un creador siempre intenta ir corrigiendo errores que empieza  a ver con el tiempo, no los ves en el momento.  Por otro lado, no soy muy de hacer planes en cuanto a mi carrera, he ido improvisando.

Cuando habla de errores, ¿lo dice tal cual o se refiere simplemente a cosas que hubiera variado?

Hay de todo. Creo que sí hay errores: malas decisiones como no grabar el disco con el productor adecuado o no darle una dirección correcta. Las canciones son muy moldeables: puedes hacer que discurran por muchos caminos diferentes. Incluso hay algunas que con el paso del tiempo no te parecen lo suficientemente buenas, pero es totalmente normal. Me parecería imposible una carrera en la que alguien no se arrepienta de nada y en la que le parezca que todo está en su sitio.

¿Cómo ve la salud de la industria musical? ¿Considera que ocupa un lugar periférico en ella?

La industria musical está, incluso desde antes de 2008, en una situación de coma, realmente crítica. No hablo a nivel artístico, sino en un plano de sector. Hay artistas excelentes, pero las condiciones ahora son mucho más críticas. Y hay algo muy preocupante y que me parece tremendamente negativo: la música se está desprofesionalizando.  Es cierto que se ha facilitado el acceso a los medios de grabación, pero la falta de atención y la dificultad para dar a conocer los propios trabajos está haciendo que la música se convierta en una actividad amateur, de aficionados. Esto no es bueno en absoluto porque un músico tiene que aspirar a vivir de su trabajo, y a medio y largo plazo puede redundar en la calidad de las propias obras.

En cuanto a mi papel, no lo tengo muy claro. También es verdad que he pasado por distintas etapas: algunas de dedicarme de una manera más intensa a la música y otras en las que la he dejado más de lado. Ahora estoy en un momento de retorno. Entre 2006 y 2016 se puede decir que estuve prácticamente retirado, solo publiqué un disco. Para mí este álbum y estos conciertos son una vuelta al circuito que he cogido con ganas. Como te comentaba, no me gusta mucho hacer planes, así que ya veremos qué pasa.

¿Calificaría su disco, Baladas para un autorretrato, como pesimista? Para elaborarlo, ¿ha mirado más a las circunstancias que nos rodean o a su mundo interior?

Yo no sé si lo definiría como pesimista. Aunque tenga una mirada un tanto escéptica y un tanto melancólica opino que tiene un cierto equilibrio, no me parece oscuro del todo. Creo que hay luz al final del disco. Por otro lado, yo sí tiendo a ser un tanto pesimista, y en los discos y en las canciones se mezcla todo, tanto tu estado de ánimo personal como lo que te afecta del exterior. Además vivimos en un tiempo en el que no sabemos si ver el vaso medio vacío o medio lleno: hay teorías que dicen que el mundo nunca ha estado mejor que ahora y sin embargo la percepción es que esto va al desastre absoluto. En cualquier caso, sí que hay una mirada un tanto perpleja ante todo lo que está pasando, hacia muchos comportamientos humanos reincidentes y bastante incomprensibles, por ejemplo las continuas guerras que parece que no se acaban, el drama de los refugiados o el inquietante triunfo de Donald Trump en Estados Unidos.

El sonido es bastante más complejo que en álbumes anteriores, y también se ha acompañado de colaboradores potentes como Quique González…

Decidí hacer el disco con el productor y guitarrista santanderino Fernando Macaya, que tiene un estudio allí y con el que también había trabajado anteriormente, además de haber sido uno de los guitarristas de la última formación de Duncan Dhu. La verdad es que tenemos mucha afinidad musical, así que no se me ocurría nadie mejor. Buscábamos un sonido que bebiera de las fuentes más clásicas del blues y el rock and roll más primitivo de los años 50 e incluso del folk norteamericano más antiguo de los 30, 40… Al mismo tiempo, quisimos darle un cierto barniz más contemporáneo y un sonido un tanto rugoso, que tuviera textura, no un sonido pop o limpio, sino algo que tuviera una cierta fuerza. La grabación se hizo en el estudio de Santander de un modo muy rápido: tardamos diez días, con mezclas y todo. Por otra parte, Quique González es amigo tanto de Fernando como mío y se pasó por el estudio para tocar un par de pianos, armónium y la verdad es que fue un placer. También metió un acordeón César Pop, otro músico fantástico. Para el resto contamos con la banda habitual.

¿Se siente más arropado cuando toca en Gipuzkoa?

El público guipuzcoano, diría que más en concreto el público donostiarra, es exigente y a veces un tanto frío. No vale cualquier cosa: hay que convencerle. En otras zonas el público es más cálido, pero eso no quiere decir mucho y personalmente esa cierta frialdad no me afecta demasiado. Es simplemente otra forma de atender a la música. Yo mismo cuando soy espectador de conciertos me considero más donostiarra que otra cosa.

¿Qué quiere decir una de las frases quizá más sonoras de una de sus últimas canciones: “El futuro se rinde sin oponer resistencia”?

No pondría la dicotomía frase optimista/frase pesimista encima de la mesa, como he dicho antes ni siquiera en el conjunto del disco. Diría que es una referencia a dejar fluir el tiempo sin oponernos demasiado al propio paso del tiempo.

Pasados tantos años, ¿se ha convertido para usted Duncan Dhu en una especie de refugio seguro, un lugar al que siempre se puede regresar?

Sí. Ahora Duncan Dhu es algo que desarrollamos de modo más esporádico y efectivamente es un sitio al que tanto Mikel como yo volvemos cada cierto tiempo, bastante a gusto  y con cariño. Tanto las últimas giras con el grupo como el último álbum que sacamos en 2013 han sido unos trabajos muy placenteros. A estas alturas no buscamos nada concreto ni tenemos objetivos ni comerciales o artísticos, sino que dejamos que ocurra lo que nos va surgiendo en el momento, y con esa manera de trabajar hemos funcionado bien. Las últimas experiencias con público de Duncan Dhu han ido muy bien y simplemente salimos a disfrutar de ello.

Baladas para un autorretrato

Hecho el balance, se puede decir que no hacer demasiados planes ha ido a favor de la carrera musical de Diego Vasallo, lo que le ha servido para manejarla, de modo contrario a como se suele hacer, con los tiempos en los que se ha sentido más cómodo. En una época en la que los artistas se manejan entre la necesidad de ser hipervisibles para no perder comba y una dinámica de burbuja que aúpa nuevas promesas tan rápido como las defenestra, llega Baladas para un Autorretrato, al más puro estilo vieja escuela: breve (ocho canciones) y con un sonido que poco tiene que ver con el pop. A veces no se trata de llegar a escalas masivas, sino de lograr a un público quizá no tan enorme pero sí incondicional. Es lo que ha logrado Vasallo y lo que le ha proporcionado algo que pocos artistas tienen: plena libertad.