“Al mal tiempo, buena cara”, reza el dicho. Y la verdad es que los meses de invierno que van de diciembre a marzo, corresponden a esa parte del año, de la vida, en que aparentemente todo se repliega, se resguarda.

DIARIO NOTICIAS DE GIPU (552911)

Foto: Gorka Estrada

Se nos podrá achacar a los vascos no ser los adalides del buen humor o la simpatía personificada, pero no podrán decir de nosotros que no buscamos excusas para irnos de saraos, o crearlos. En el calendario podemos apuntar desde la Feria de Santo Tomás, el día de San Sebastián, los carnavales…y la temporada de sidrerías.

Lo de la temporada de sidrerías es algo que siempre ha llamado la atención de quien escribe estas líneas, porque además de nuestra elevada tasa de encuentros gastronómicos de diversa índole (sea porque sí, por un funeral, con los primos, con los del trabajo), creamos un metaconcepto de tiempo-espacio, por el cual un bloque de tres meses es óbice para montar comidas y cenas en cadena durante semanas y semanas. La temporada de sidrerías es un estado de ánimo, espiritual, sin paralelo en la Vieja Europa.

Dejando a un lado aquellas personas humanas que, de manera entendible, rehúyen del del encuentro grupal en torno a las barricas de sidra, el rally de tachar días de la semana con sidrerías programadas alcanza su máximo apogeo desde finales de enero y comienzos de mayo. Los First Tuesdays y los eventos de networking que en el mundo tecnológico hay, palidecen ante el ritmo, el gentío y la variedad de temas que emergen en cada una de las comidas y cenas de cada una de las sagardotegis. Quizás la mayor parte de la población mundial no se percate, pero tras la finalización de la temporada de sidrerías, el mundo, nuestro planeta, tiene los males arreglados y es un mundo mejor. Y todo, por arte, magia y mediación de la sidra y las conversaciones que escuchan las pacientes kupelas.

Al fin y al cabo, arreglamos el mundo para seguir comiendo y bebiendo, que es de lo que se trata. Hace 40 años, lo que hoy es tradición y está establecido, no existía. Los puristas, siempre cenizos, gustan de recalcar que “en su época” las sidrerías no eran lo que hoy son. En nuestra época, la que nos toca; las sidrerías cumplen, sacian, una función básica: la de socializar (comiendo y bebiendo).

Los puntos de encuentro, si son queridos, nos sientan bien y gozamos. Y un miércoles cualquiera sirve, por ejemplo, para que una sureña de los Estado Unidos (de Alabama), un peruano de Lima, un australiano residente en Suecia y de paso por Donostia, y un donostiarra del Condado de Egia hablen de la vida mientras van comentando entre kupela y kupela el ambiente que hay…un miércoles cualquiera.