Si trabaja en horario de oficina como quien esto escribe, es posible que esté deseando concluir esta temporada invernal en la que entra a trabajar de noche y sale igual manera, merced al max mix de huso horario alemán heredado del franquismo, cambio de hora el último fin de semana de octubre y marzo y jornadas de trabajo ridículamente largas porque está feo no calentar la silla. Y puede que no entienda qué demonios ocurre si el número de desempleados rebasa los cuatro millones, hay sendos cuellos de botella a la entrada y a la salida del mercado de trabajo (los jóvenes no terminan de entrar, los mayores no terminan de salir) y sin embargo usted mete más horas que nunca.

Unos señores muy buenos que se hacen llamar Comisión Nacional para la Racionalización de Horarios tratan de intervenir con un cóctel de medidas técnicas –volveré a este particular- para favorecer una amalgama de cosas como la conciliación o –mi expresión favorita- el “tiempo de calidad” con los hijos (aparcarlos en extraescolares para que no se queden atrás en la competencia que esMadrid bans even-number plates in the centre la vida, y porque no pueden salir antes del trabajo porque alguien no les deja). Rajoy llegó a prometer que, si repetía Presidencia del Gobierno, sería obligatorio (¡por ley!) salir del trabajo a las seis de la tarde. La ley suele quedarse a las puertas de los trabajos porque estos terminan por constituirse en pequeños reinos de taifas con sus propias inercias, y es difícil poner la legalidad en práctica allí. Vistas las microtiranías, los señores buenos tiran por lo técnico –gestión versus conflicto- y dicen que bueno, que si ves a tus hijos un par de horas por la noche y te da tiempo justo de bañarlos y darles la cena, esto se soluciona si ponemos la hora en la del meridiano de Greenwich y, cómo no, un montón de guarderías para que continúes trabajando. La predicción de John Maynard Keynes de principios de siglo por la que a estas alturas deberíamos estar trabajando del orden de 15 horas semanales no solo no se ha cumplido sino que a menudo superamos con creces las 40. Porque a muchos les viene bien que sea así, no porque no se pueda hacer.

Pero a mí lo que me molesta es que el debate se oriente en última instancia a la productividad, más que nada porque la productividad de las empresas depende de muchísimos más factores que de lo “motivados” que estemos en función de cómo incidan antes, durante y después del horario de trabajo los rayos solares sobre nuestras capacidades laborales. Según la Comisión, si siguiéramos sus medidas de poner una hora aquí y quitarla allá seríamos “más felices y, por tanto, más productivos”. Como si no pudiéramos ser más felices, a secas, sin que sirviera para nada ni para nadie. Como si fuera necesario que las horas de trabajo capturaran todas y cada una de las cosas que hace una persona. ¿Sería más feliz con los horarios daneses? Sería más feliz con los sueldos daneses, que no le engañen.