Toti Martínez de Lezea/ Escritora

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Foto: Esti Veintemillas

Es difícil encontrar un hilo conductor por el cual no haya pasado una entrevista a Toti Martínez de Lezea. Son ya casi dos décadas escribiendo y además de manera prolija. Intentamos llevarla de la mano por las sensaciones que genera el proceso de escritura y publicación, pero ella siempre se escapa. Y es que le gusta el proceso, pero también persigue una meta: la recuperación de la memoria. Para eso escribe.

Su formación en realidad es la de traductora. ¿Hubo algún tipo de transición para convertirse en escritora de modo exclusivo? Porque un paso así, económicamente, puede llegar a suponer un riesgo…

Muy sencillo… Hice una apuesta con un amigo. Aposté a que era capaz de escribir una novela, la terminé, y aquello me gustó. Y luego escribí otra, y las fui encadenando… y hasta hoy.

Pero hasta que se puede vivir de eso…

Pasó un tiempo, en concreto tres o cuatro novelas publicadas, y ahí ya sí que me plantee si escribía o traducía… Así que dije: “Pues escribo”.

Así que no tuvo miedo de dejar el trabajo…

No, porque en mi familia no hemos pedido mucho. Además mi marido trabajaba y mis hijos ya eran mayores, porque yo empecé con 50 años. Además, siempre podía volver a las traducciones, así que no, ningún miedo.

Volviendo al tema de la apuesta, ¿había escrito algo antes, el típico relato corto que se manda a concursos, algo por el estilo…?

Guiones, guiones… Estuve trabajando cinco años en televisión haciendo un programa infantil todos los días. Y Alberto (su marido) y yo fundamos Kukubiltxo, el grupo de teatro, que también necesitaba sus guiones. No había escrito novela ni prosa, pero leo, y mucho, desde que tenía 12 años. Y es que el trabajo de escritor no tiene título. No hay un título de escritor como existe un título de médico. Así que, ¿cómo se llega a ser escritor? Leyendo. Así aprendes cómo escriben los demás, y qué es lo que escriben, y vas haciendo tu propia selección, decides quién te gusta y quién no. De alguna forma, en el subconsciente se va quedando el estilo que a ti te gusta leer.

Que en su caso es…

Pues el mío propio. Me encanta cuando oigo a alguien presumir de lector… Bueno, cuando lleguen a mi edad, si han leído tanto como he leído yo, pues estupendo. Lo que yo he elegido ha sido un tipo de escritura que es, entre comillas, el “género histórico”, aunque no considero que sea así; porque no es coger a un rey y hacerle hablar, sino crear una trama y ponerla en una época pasada. He leído de todo, desde cuentos de niños, novelas juveniles, de intriga, policiacas, de amor, biografías, ensayos… Ese bagaje lo tengo conmigo. ¿Y por qué lo uso a mi manera? Porque es la que me gusta. Supongo que el resto de escritores también lo hará así.

Y hablando de esto, ¿cuál es su relación con otros escritores?

No me llevo, pero no es por decisión propia, en absoluto. Mi puerta está abierta y aquí viene mucha gente, pero el mundo literario es bastante cerrado. En realidad también influye que los autores trabajan solos, no lo hacen en una oficina… Y contactar con otros autores tampoco es fácil, te puedes encontrar en las ferias a veces, en alguna charla. Llevo 20 años en esto y lo que sería una relación fluida no la mantengo con más de tres o cuatro.

¿Qué se siente cuando a uno le devuelven un borrador?

Los primeros envíos que hice fueron a cuatro o cinco pequeñas editoriales, nada de grandes, y lo que mandé fue el segundo libro que escribí, ‘La calle de la judería’, y eso después de haber escrito ya el tercero. Así que el proceso no fue terminar un libro y mandarlo enseguida, no. Cuando me devolvieron ese primer borrador lo que pensé fue que no valía, pero al mismo tiempo sentía que me encantaba.

Así que no tuvo sentimiento de haber perdido el tiempo… No le obsesionaba publicar.

No. Otros tienen otro tipo de hobbies, Y yo lo que quería era escribir, divertirme. Eso de que la gente no escribe para que le lean no es verdad, si no no lo mandarían a las editoriales. Y a mí también me pasó lo típico: mis amigos me decían que los libros no estaban mal, me animaban, y de repente una editorial apareció: Ttarttalo de Elkar. De ese modo fue como salió ‘La calle de la judería’ en 1998, y hasta ahora.

¿Y cómo es el trabajo con las editoriales?

He ido probando con varias editoriales, también con una editorial de Madrid, y al final me he quedado con la que quiero, Erein, que me deja campo abierto. Porque a mí se me ocurren historias continuamente, no solo novelas, sino todo tipo de libros. Tengo un ensayo de mitología, otro de brujería, libros de humor… Hago cosas muy raras. Y lo que pasa es que las editoriales normalmente no quieren arriesgar, pero Erein sí, y cuando les propongo cualquier cosa me dejan.

¿Le ha puesto alguna vez un editor alguna cortapisa importante en su trabajo?

No, pero por ejemplo la serie de ‘Nur’, que lo escribí para mi nieta (del mismo nombre) porque se habían ido a vivir a China y la echaba de menos; se lo propuse a un par de editoriales…  Me dijeron que no, y a la tercera me dijeron que sí. Por supuesto luego hay editoriales que se arrepienten, porque ‘Nur’ ha sido la pera desde el principio. Yo pensaba escribir solo uno, porque me lo había pedido mi hija; y este año ya van a ser doce los libros escritos de esa colección. Pero es que nunca sabes si un libro va a funcionar, si va a tener algo que a la gente le va a apetecer leer. A estas alturas ya tengo lectores fijos, pero el reto siempre es conseguir nuevos.

Mantener esta casa, que han como quien dice levantado con sus propias manos, exige un tiempo y eso debe de condicionar bastante cómo lo distribuye usted para escribir… Dice Vargas Llosa que necesita poder escribir en cualquier parte, ¿usted?

Escribo cuando me dejan. No puedo escribir nada más levantarme. Otra cosa que me divierte mucho es escuchar a algunos autores decir que se han retirado a no sé dónde para escribir su novela, o que se han ido a un convento… ¡Aquí los querría yo ver! Aquí lo primero es la casa, la familia, y la organización de la comida y de la ropa. Y una vez que está todo eso organizado, todo el tiempo que me queda lo dedico a escribir y a leer, me quedan entre siete y nueve horas cada día, a no ser que vaya a dar charlas. Todos los días, sábados, domingos y festivos. La gente nos pregunta si nos vamos de vacaciones, ¿para qué? Alberto y yo estamos aquí muy a gusto.

De todo lo que ha escrito, ¿qué ha sido lo que más exhausta le ha dejado?

Cada uno de los libros. Los de los niños no tanto, pero las novelas todas. Todas. Situar la acción en tiempos pasados hace que obligatoriamente me tenga que documentar, y de hecho me lleva más tiempo documentarme que escribir. También hago consultas a gente que sabe más que yo. Aprendo, no me queda más remedio que estudiar. Si no, a estas alturas no estudiaría. Hay gente que piensa, incluso autores, que la novela histórica es coger un momento histórico y novelarlo; pero para mí es lo contrario: novelar, y colocarlo en un momento histórico. Porque además hay otros autores que nos dicen que nosotros no creamos nada. Yo pienso que sí que creo, porque toda mi historia es inventada, mis personajes y lo que les pasa también, y los traslado a una época y a un lugar concretos. ¿Cómo se vivía en tal sitio en el siglo XV, cómo se vestía, cómo se comía, cómo se pagaba, cuánto cobraba un obrero o un campesino? Ese tipo de cosas hay que saberlas, en algún momento tus personajes van a comer o van a hablar y se van a mover. ¿Cuántos kilómetros había de tal pueblo a otro? Pues hay que traducirlo a millas, o a leguas. Y si no había kilos, ¿había arrobas? No había cristal, ¿dónde metías el aceite o el vino? En fin, necesitas cosas que al lector le suelen pasar desapercibidas por completo, pero cuya identificación lleva una cantidad de horas tremenda.

¿Y a quién recurre para esa documentación?

Tengo algún amigo historiador, y me ha costado conseguirlos. Al principio, cuando hacía consultas, me decían: ¿Es para una novela? No me haga perder el tiempo. Ya han pasado 21 novelas, y procuro hacerlo bien. Meto la pata, y tampoco intento ocupar el puesto de un historiador, ni en sueños. Pero claro, en algún momento tengo que saber algo en concreto y les pido información. ¿Cuántos días se tardaba en ir desde Barcelona a Mallorca en un barco de vela en el siglo XIV? Y te contestan: con buen tiempo, dos semanas y media; con mal tiempo, cuatro semanas. Tengo una novela en la que el personaje se va desde Bilbao hasta Canarias, y hay que saber el tipo de barco, las horas, y que hacían escala en Cádiz.

También leí en una ocasión a un autor decir que él nunca escribiría novela histórica porque a él le gustaba la Historia de verdad. Hombre, ¡y a mí! A todos los que hacemos esto nos gusta la Historia de verdad, si no no te meterías a ello. Es mucho más fácil escribir una novela negra, o de amor, o de pasión… Para eso no hace falta que te documentes, y menos si lo pones en fecha actual. El marco histórico es un añadido.

Fundó, como nos comentaba, un grupo de teatro. ¿Sigue teniendo relación con este mundo?

Tanta relación como que actúo de vez en cuando. En Navidades hicimos un ballet de dos horas con Lucía Lacarra. Yo escribí el guion, y el coreógrafo se empeñó en que saliera a escena… Le contesté que me dejara tranquila, ¡soy una vieja! Pero nada, tuve que salir. Y la verdad es que fue muy divertido. También actúo con la banda de txistularis de Pamplona, y en agosto nos vamos a Isaba. Ellos tocan, Maite Itoiz canta y yo hablo. Y luego están las charlas, que son teatro puro: voy a colegios, institutos, casas de cultura, bibliotecas y universidades. Y siempre que puedo hablo de pie, hablo al público. Trato de contar lo que me piden… Mujeres, mitología, historia, novelas, literatura… Ser bastante habladora es lo que me acaba por llevar siempre al teatro.

¿Qué le aportó el hecho de haber estudiado de joven en el extranjero, cosa que antes era muy poco usual?

Salir de Vitoria-Gasteiz, que en los años 60 era un pueblo de provincias e ir a vivir a París y a Londres fue toda una experiencia. La época de los hippies, la época de los Beatles… En el famoso mayo del 68 estaba en París, pero te juro que no me enteré. Sí, yo lo veía en la tele, pero no me tocó. Fue una época muy bonita, porque mis padres tenían absoluta confianza en mí y andaba a mi bola, y porque conocí a gente de todos los países. Llegué a conocer muy a fondo Inglaterra, de arriba abajo, y su historia, sus museos, sus palacios, sus castillos… Todo. Y te abría los ojos el conocer gente. Ahora es más común. Conocías a un sueco, y a un nigeriano, y a un chino, y a un italiano, y a un francés… De hecho, conocí a mi marido en Alemania. Y ahora mi hija ha conocido a su marido en Pekín.

Su último libro, ‘Y todos callaron’, habla sobre silencios cómplices. ¿En qué temas cree que nos seguimos callando?

En el caso de mi generación y de la generación de mis padres se silenció todo lo que pasó durante la guerra civil y el franquismo. El problema no está en que callaran, sino en el hecho de que callaran por miedo. En la novela no hablo de bandos, ni de ideologías políticas, no menciono ni a militares ni a milicianos, sino que hablo del miedo que es capaz de transformar toda una sociedad, y ese miedo yo lo he vivido de cría y de joven, porque había censura, no se podía hablar, no se podía decir, además todo eso indicado por los mayores. Este tipo de cosas son absurdas en una sociedad democrática. ¿Por qué no voy a poder hablar yo? ¿Por qué tengo que olvidar? No estoy pidiendo venganza, pero tampoco olvido. Hay que poner las cosas en su sitio. Hubo gentes que sufrieron muchísimo, gentes que fueron acusadas falsamente por envidias, por trepas… Y de hecho, en la novela sale un zapatero remendón que terminó por ser jefe de la Policía en Vitoria, y no por una cuestión de ideología política, sino de mero ascenso social. Ser trepa es un oficio, y les da lo mismo pasar por encima de cadáveres o de personas con tal de escalar. Lo que no puede ser es tener que andar pidiendo casi perdón por sacar unos huesos de una cuneta. Volviendo a la novela, un personaje comenta con otro cómo el protagonista, Bruno, vive más allá de los ochenta años y ningún allegado de las personas represaliadas por él se venga, “lo cual me lleva a pensar que el ser humano, en general, es bueno. O tiene miedo”, le dice. Igualmente se comenta que los hijos no tienen responsabilidad de lo que han hecho sus padres, y es cierto. Pero sí lo son si han obtenido algún tipo de beneficio económico y social de ello. En fin, es un tema peliagudo, sensible y difícil de escribir. Quizás este sea el motivo por el que prefiero situar mis novelas en siglos pasados; me permite tener una perspectiva diferente, más imparcial, ¡aunque no del todo!

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Totik bere Larrabetzuko etxebizitzan hartzen gaitu. Duela 40 urte erosi zuten berak eta bere senarra Albertok etxe hau eta goitik behera beraien eskuekin berritu urteak Aurrera joan ahala. Garai  hartan oso jende gutxi bizi zen bertan eta isolaturik gelditzeko arriskua ere bazegoen, baina gaur egun Larrabetzuk baditu zerbitzu guztiak eskura. Etxean lorategi handi bat dago, Nur bere bilobari dedikaturiko etxola barne eta familiaren lagun bat aurkitzen dugu baratzean lanean. Herri txiki bat dirudi herri txiki baten barnean. Totik azaltzen digu ez dutela oporretara joan beharrik. Bere bizitzako filosofia praktikara eramatearen ondorioa izango da.